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Una Vida Sin Salud Mental Libro PDF Download

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La nobleza de ser persona

Antes de examinar los conceptos de dignidad y respeto es preciso dejar constancia del sentido de la noción de persona, a la que aquéllos están inequívocamente referidos como a lo que les hace de objeto o tema. Damos por buena la definición de Boecio (siglo V d.C.): «sustancia individual de naturaleza racional» (rationalis naturae individua substantia). En ella destacan dos elementos fundamentales:


a) la persona es un centro ontológico subsistente e intrínsecamente indiviso, es decir, no desprovisto de una unidad e identidad interna que lo hace irreductible a una mera colección de personas; b) inseparablemente unido a esto, la persona está dotada de una esencia –la naturaleza racional»– que la constituye como apta para relacionarse significativamente con lo otro que ella, especialmente en la doble forma en que esta relación con lo otro le atañe a título de sujeto personal o «yo»: conocer y querer.


Dicho con otras palabras, la persona es un «en sí» que, «desde sí», se halla abierto a la relación con lo «otro-que-sí», pero en una manera tal que dicha excentricidad no aminora o soslaya su individualidad, sino que por el contrario la subraya en la forma que le conviene a su naturaleza racional, a saber, como intimidad subjetiva. Ambas dimensiones –excentricidad e intimidad– se articulan en el sujeto personal en una sinergia tal que hace imposible comprender al yo tan sólo desde sí mismo, digamos, de forma puramente endógena o endogámica.


El yo como identidad subjetiva –como sujeto apto para esa peculiar relación consigo mismo en la que la intimidad propiamente estriba– sólo puede hacerse cargo de sí mismo en la medida en que sale, por decirlo así, de su propia mismidad y se relaciona con lo otro-que-él. Como ha mostrado Millán-Puelles en La estructura de la subjetividad (1967), la autoconciencia para la que en principio es apta la subjetividad puede actualizarse únicamente de manera indirecta, a través del trascender intencional: me conozco conociendo otras cosas, y en particular reconociéndome en el otro-yo (alter ego).


Esto es lo que, a la inversa, se pone fundamentalmente de relieve en el cogito cartesiano. En el dinamismo oréctico –tendencial– propio del trascender volitivo encontramos una vivencia análoga, a saber, aquélla en la que comparece el yo volente como inseparablemente unido a lo que en cada caso constituye el objetivo del querer: en todo lo

que quiero me quiero a mí mismo queriéndolo.


Esta reflexividad propia de la intimidad subjetiva, que aparece vinculada a todos los actos del trascender intencional, aprehensivo y volitivo, pone de manifiesto que tanto actual como apti tudinalmente el yo se halla cabe sí –digámoslo de esta forma–, como paradójica condición que

hace posible que se autotrascienda al conocer o que se «expropie» de sí al querer. Sólo se da lo que se tiene, y el tener, el apropiamiento, es una de las formas de ser más «propias» de la persona, como pone de relieve la clásica caracterización que el aristotelismo hace del accidente habitus (del latín habere, tener).


Hacerse cargo de la realidad y de su peculiar relación con el yo –digamos, de su índole antropomorfa– es el modo humano de estar en el mundo, como a su manera lo vio Heidegger. Esto es lo que, en términos generales, podríamos expresar diciendo que el ser humano es un ser de realidades.


Ahora bien, apropiarse de la realidad y de uno mismo, aunque son dos facetas del ser persona llamadas a enlazarse, no se hallan necesariamente vinculadas: puedo tener mucho sin que eso me enriquezca como persona; puedo tener cosas con una apropiación meramente externa, sin tenerme a mí mismo.


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